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I have been thinking quite a lot lately, as I work on establishing traditions that I hope Luka and Zoe will love, about the ways and the reasons we celebrate. What are the things we remember, as time goes by? And which are the memories that we hold dearer to our heart?

The truth is, I don’t have many memories of my first Christmases. I remember them rather vaguely, and my memories are blurred: the Christmas tree being set up on the 8th of December, the family’s women buzzing around the kitchen, making sure everything was ready,  my brother and I running around with our cousins, with sparklers in our hands, fascinated by the scintillating lights, the  wrapping papers scattered all over the living room’s floor seconds only after midnight, the feeling that the holidays had passed too fast, that everything was over too soon, and that the year had changed without me noticing it.

As I grew up and my family changed, the extended family gatherings stopped and we started to develop traditions of our own, traditions not commonly associated with the holidays but that, nonetheless, defined them for us. Christmas at home, in my teenage and young years, was about taking the time to relax and have long conversations with the most important persons in my life: my mother, my brother and my grandma. Our Christmas menu was simplified to the chore, suitable for Córdoba’s hot summer temperatures at that time of the year and easy enough that no one would become a slave of it. The oven was only turned on by me, for making a cheesecake, and the rest of the sweets that are traditionally consumed during the toast (dragées, pan dulce, panettone, turrones) were store bought, to avoid complications.  We didn’t care about special outfits or elaborate table settings, but we made it a point to be home early  to start all preparations together, and to remain together for long after midnight, our chatter only briefly interrupted by the clicking of the glasses full of cider or ananá fizz, with which we toasted. 

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None of my memories, now that I come to think about it, are related to the presents I may have received.  I remember, in fact, how unimportant presents were to us and how, when financial times were tough (Argentina being Argentina), we were happy to receive little envelopes with a card “to be exchanged for a real present when times get better”. It didn’t matter whether times ever got better.The real pleasure, in fact, was in hunting for little treasures for those we loved, with whatever money we had, if we had any. That hunting, that planning, that surprise factor, is what ended up making the whole month of December special.

When Luka and Zoe were born, the holidays became 100% about them.  Since then, I remember absolutely everything: the day we bought the tree on their first Christmas ( which is the same we still have) and how we dressed them as Elves for the pictures, how we had to open the presents for them, when they were 16 months, because they were just happy to play with the boxes and did not realize there was something inside the packages, how the tree had to lose some height and go up the dining table when they discovered its existence and became a bit too fond of it for their own good, and how fascinated they are every year  by everything related to the holidays. Each and every moment is important since they came into our life, and every memory more vivid.

Yesterday afternoon, I was stitching our Christmas stockings while Zoe played quietly on the floor with a few elastic bands and her toy foxes, Luka made his train ride over and over on the train tracks, and we listened and sang Kindermusik songs all together.In the middle of it, I became suddenly aware of how perfect the moment was, in its own simplicity, how magical,  as if time was suspended and we were all in the happiest of places.

This is it, I thought, this is why we fill December with activities and family traditions, this is why we craft and bake and sing. We do it because it is the moments in between that make the holidays special. Crafting and baking and the advent calendar and the Christmas Carrolls, maybe they are all excuses to slow down and make time to spend  it with those we love. Maybe we need all those activities to take some time that otherwise we wouldn’t take, to realize that life goes by very, very fast and that what truly matters, in the end, are those wonderful moments of real human connection with the ones we love.

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Con sabor latino…

En este último tiempo he estado pensando mucho, a medida que me esfuerzo por crear tradiciones que espero que Luka y Zoe lleguen a amar, en las formas y en las razones por las que celebramos. Qué es aquello que más recordamos, a medida que pasa el tiempo? Qué tipo de recuerdos son los que recordamos con mayor cariño?

La verdad es que yo no tengo muchos recuerdos de mis primeras navidades y, los que tengo, son muy vagos y borrosos. Recuerdo el armado del arbol, los 8 de diciembre, la actividad casi febril de las mujeres de la familia en la cocina, ocupándose de dejar todo listo, a mi hermano y a mí corriendo alrededor de la casa junto con mis primos, con estrellitas en las manos, fascinados por sus luces titilantes que duraban un minuto, los papeles de regalo desparramados por el suelo apenas segundos despues de la medianoche y la sensación de que todo había pasado muy rápido, que las fiestas habían acabado demasiado pronto y el año nuevo había llegado sin que yo me diera cuenta de cuando se había ido el anterior.

A medida que crecí y  que, a raiz de cambios familiares, fueron acabandose los festejos con la familia extendida, comenzamos a desarrollar tradiciones bien nuestras, tradiciones que nadie asociaría necesariamente con esta época del año pero que, para nosotros (mi familia de origen), se transformaron en sinónimo de estas fechas. Así es como, en mi adolescencia y juventud, la navidad comenzó a estar centrada en pasar tiempo junto a las personas mas importantes en mi vida: mi mamá, mi hermano, mi abuela. Nuestro menú de nochebuena se simplificó radicalmente, para adaptarlo al calor terrible de esta época en mi Córdoba natal, y asegurar que nadie fuera esclavo de la cocina. El horno se encendía sólo por mí, para preparar una cheesecake y todo el resto de los postres y dulces tradicionales del brindis (almendras confitadas, turrones, pan dulce) eran comprados, para evitar complicaciones. No nos preocupábamos por vestirnos de manera especial ni por poner la mesa de manera elaborada, pero sí hacíamos un esfuerzo por estar todos juntos temprano, desde el comienzo de los preparativos, y por permanecer juntos hasta bien entrada la madrugada, charlando y conversando de todo y de nada a la vez, interrumpiendo el cotorreo, brevemente, apenas lo necesario para hacer clickear las copas del brindis, llenas de sidra o ananá fizz.

Ninguno de mis recuerdos de estas épocas, ahora que lo pienso, está relacionado con los regalos que he recibido a lo largo de mi vida. Recuerdo, por el contrario, cuan poco importante los regalos siempre fueron en mi casa, y cuantas veces estuvimos contentos, en tiempos de vacas flacas, con un “vale por un regalo cuando las cosas mejoren”. No importaba, nunca importó, si el vale se cambiaba o no algún día porque el placer más grande no estaba tanto en recibir algo, como en darlo.La aventura de buscar pequeños tesoros dentro de nuesto presupuesto, la planificación que ello requería, y el factor sorpresa de esa búsqueda era lo que transformaba el mes de diciembre entero en un mes memorable, esperable, hermoso.

Cuando Luka y Zoe nacieron, las fiestas comenzaron a girar 100% alrededor de ellos. Desde esa primera navidad, en que tenian apenas 4 meses, recuerdo absolutamente todo: el momento en que compramos el arbol (que es el mismo que aún tenemos), cómo los vestimos de Elfos para las fotos, cómo tuvimos que abrir los regalos por ellos en su segunda navidad, por que los minutos pasaban y ellos seguian contentisimos de jugar con las cajas, sin sospechar siquiera que dentro de ellas habia algo que podía gustarles más. Recuerdo cómo el arbol se vió obligado a perder altura y subirse a la mesa del comedor cuando Luka y Zoe descubrieron sus existencia y cuán felices y fascinados estan, año tras año, cuando llega esta época del año y empiezan a ver decoraciones navideñas en todas partes. Cada momento es importante desde que Luka y Zoe llegaron a nuestra vida, y cada recuerdo infinitamente más vívido que todos los anteriores.

Ayer por la tarde estaba yo terminando de coser las medias de navidad mientras Zoe jugaba con una caja de bandas elasticas y sus zorros de peluche a mis pies, y Luka hacia girar su tren de madera por las vias una y otra vez mientras cantabamos todos juntos, cuando de repente, entre puntada y puntada, me dí cuenta de cuán mágico era ese momento, en  toda su simpleza y cotidianeidad, como si el tiempo estuviera suspendido y nos encontráramos en el más feliz de los lugares. “De esto se trata”, pensé, este es el motivo por el cual llenamos Diciembre de actividades, de tradiciones, éste es el motivo por el cual hacemos manualidades, por el cual horneamos, por el cual cantamos. Lo hacemos por que son esos momentos en el medio de los grandes momentos los que hacen que las fiestas sean especiales. Quizás las galletitas, el calendario, los villancicos no son sino excusas para hacernos tiempo para desacelerar, y hacer tiempo para  compartirlo con aquellos que amamos. Quizas necesitamos todas esas actividades para, paradójicamente, tomarnos un tiempo que si no no nos tomaríamos, para darnos cuenta que la vida pasa muy, muy rápido y que  lo único que importa, lo único que recordaremos al final, seran aquellos momentos maravillosos de conexión real con quienes queremos.

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